Chica de cristal, hombre de hierro

Oí al despertador llamarme con su canto estridente. Mi brazo hizo un esfuerzo y lo acalló. Me revolví un poco entre las sábanas, remoloneando, como hago siempre que me despierto.Tú también te revolviste, pero en tu caso para levantarte, remolonear no es una palabra que vaya contigo.

Aún en el leve sopor que me envuelve durante las mañanas, no dejo de enfocar mis ojos hacia tu figura, que se recorta sobre la poca luz que entra en la habitación. Trasteas algo en el sillón que usas para dejar tu ropa preparada. Estás recogiendo la ropa que dejaste preparada la noche anterior, en previsión de que hoy sería un día movido, y muy largo.

Dejas un momento la ropa y vas hacia el armario. Estás cogiendo algo de dentro. Vuelves al sillón. Siempre sigo tus pasos, mis ojos se adhieren a tu cuerpo como el metal a un potente imán. Me agrada verte afanoso por las mañanas, cuando la mayoría de los mortales aún debemos hacer un valiente esfuerzo para que nuestro cuerpo abandone las tibias sábanas.

Yo no quiero hacer hoy ese esfuerzo. No quiero salir de la cama. No es pereza, es otra cosa lo que me retiene en la cama. Entre las sábanas aún puedo creer que nos queda mucho tiempo juntos, que cuando salga será para reírnos y planear qué haremos durante el día, como hasta ahora. Sé que cuando salga, mi corazón se quedará refugiado entre las sábanas, asustado por tener que enfrentarse a la soledad una vez más. No quiero abandonar la cama y ser sólo una leve neblina, convertirme en un ser etéreo incapaz de sentir las maravillas de la mortalidad y de la vida efímera.

-Vamos, pequeñita, hoy hay mucho que hacer.

Tú lo intuyes. A veces creo que mis pensamientos tienen un olor particular para ti, como el aroma de la miel lo tiene para las abejas, o la leche materna para el bebé. No sólo lo intuyes, sé perfectamente que la normalidad y tranquilidad con la que afrontas la titánica tarea de levantarte de la cama un día como hoy, es tu recurso para ser fuerte por los dos, porque sabes que yo no podré serlo. Sabes que voy a necesitar tu hombro más de una vez al día, y sabes también que me romperé en pedazos, como el más frágil de los cristales, cuando te alejes. Yo soy la chica de cristal, tú el hombre de hierro.

Sin hacer mucho caso de tu vocativo, permanezco en la cama. Empiezo a agarrarme a las sábanas con desesperación, a hacerme un ovillo, como si con mi cuerpo quisiera proteger algo muy preciado. En el fondo es eso, tengo que proteger mi corazón de chica de cristal. Oigo como el agua de la ducha golpea indolente la mampara protectora. El sonido de tantas mañanas, siempre fue el sonido que hacía la promesa de un día más junto a ti, y sin embargo ahora es el sonido del fin de esa promesa. El tiempo no es más que un inmenso tren cuyo conductor no tiene reparos en atropellar a quien se le ponga por delante, y ahora nosotros descansamos sobre las vías de la vida, viendo como ese tren ya ha pasado, ya nos ha arrollado, y paladeando los breves momentos en los que tuvimos el privilegio de montar en aquella infernal maquinaria sin rumbo ni destino.

Finalmente me decido. Saco un pie, luego otro. Mi cuerpo está fuera de la cama, me siento inusualmente desprotegida, pero pienso una cosa que nos convence a mí y a mi testarudo corazón: Salir de la cama hoy es la única forma de que algún día vuelvas a entrar y puedas volver a vivir tantas cosas como las que has vivido. Una lágrima se me escapa.

Hoy, la chica de cristal, debe aprender a ser también de hierro.