Qué bello es el mundo en el que crees que lo que ves es real. Nadie sabe si lo que ve es la auténtica realidad, o no es más que un sueño, o, rizando el rizo, es el sueño que alguien está soñando. Pero esa belleza se pierde cuando estás seguro de que lo que ves no es real, cuando te das cuenta en tus momentos de lucidez, que lo que has visto hace un momento no eran más que alucinaciones, algunas terroríficas, otras bellas, pero sólo alucinaciones.
Esos momentos son los que convierten a la mente en nuestra gran enemiga. El cerebro, el mismo órgano que nos da la capacidad de hablar, de percibir, de crear, de imaginar y de muchos otros fenómenos que convierten al ser humano en alguien especial, también es nuestro enemigo cuando nos empareda entre imágenes escabrosas que no tienen nada de real, el que nos hunde en pesadillas terroríficas, y el que hace que estemos deprimidos o eufóricos sin hallar el punto medio. El cerebro, el mismo que nos da una idea sobre la que escribir y una imagen que dibujar, es también el que nos gana una habitación en la planta de psiquiatría de un hospital, junto a más gente de cerebros traidores.
Y aquí es donde entro yo. Estoy en la planta de psiquiatría del Hospital Dr. Peset, en Valencia. Hace poco tuve un ataque de euforia por razones que no les voy a contar a ustedes, ya que mi vida personal no es de su incumbencia y bastante tengo yo con cargar con ella como para tener que relatarla.
No se está mal del todo en este lugar. Los enfermeros son simpáticos, aunque algunos más que otros. Hay horarios para todo, algo necesario cuando estás tratando con gente que necesita desesperadamente una barcaza de estabilidad en un mar de incertidumbre. También me han dicho (ya que yo no puedo verlo) que las paredes están pintadas de color salmón, así que supongo que esto no parece el típico hospital psiquiátrico de película de terror con paredes desconcertantemente blancas.
También, por supuesto, están las visitas. Cuando mi mente aún respeta mis órdenes y cuando no soy yo mismo el que recibe una visita, me entretengo en evaluar a la gente que viene de fuera. Aunque no pueda ver oigo bastante bien, y con el tiempo he aprendido a desgranar la actitud de los visitantes a través de sus sonidos. A algunos les incomoda profundamente venir hasta aquí y ver tantos "enajenados", oír algún grito, o peor aún, presenciar algún ataque de agresividad de un interno. Vienen porque se consideran en el deber de hacerlo, y muchos no saben que ellos nos incomodan a nosotros con su incomodidad, valga la redundancia. Hay otros que son altamente compasivos, están dispuestos a sonreír a todos, a saludar a quienes les saludan, aunque todo ello aderezado con un irritante tono de sonsonete que se usa para hablar a un niño de un año o dos. También los hay bastante apáticos, que vienen, se quedan en silencio, traen lo que sus familiares de aquí les piden, y se van, como las lluvias finas de principios de septiembre. Otras veces hay desagradables episodios familiares, sobre todo con los internos jóvenes, que en muchos casos están aquí, no por traición de su cerebro, sino porque ellos mismo se han traicionado tomando algunas sustancias divertidas pero peligrosas.
Y luego está mi familia. Muchas veces olvido que me han visitado. Es por la medicación, que borra mi memoria para que no recuerde mis problemas y no me deprima. Menuda patochada. Los problemas de una persona pueden borrarse de la cabeza, pero jamás del corazón, mucho menos las heridas que la vida ha dejado en cada uno. Pero bueno, a lo que iba. Mi familia, claro, no es como ninguna de esas visitas. También son seres humanos, así que a veces noto su cansancio o su impotencia, pero a pesar de esos sentimientos, siguen viniendo a verme, sobre todo mi hermana.
A mi hermana y a mí no nos trató nada bien la vida, aunque ella salió peor parada. Luego, paradójicamente, es la que mejor ha acabado de los dos. Se casó con un buen hombre, tiene dos hijas, trabaja y la gente la quiere. No vive en la abundancia, pero tampoco pasa ninguna penuria. Yo, en cambio... Bueno, tuve bastantes cosas de pequeño, pero eso al final acabó haciéndome daño porque jamás aprendí a aceptar el fracaso y los noes que te da la vida. Ya saben que no quiero hablar mucho de mí, así que dejémoslo ahí.
Ahora lo que más deseo es salir de aquí y volver a ver a mis compañeros de residencia, pero eso será si mi cerebro no me vuelve a traicionar, porque últimamente no deja de hacerme creer que jamás saldré de ésta y que mi vida se consumirá en el microuniverso de este hospital. Sé que debo hacerme fuerte ante esto, y pelear contra mi propio cerebro para decirle que no debe salirse de los márgenes adecuados, pero es difícil luchar contra algo que tú mismo creas sin darte cuenta, y es difícil pelear contra la misma fuerza que en otros momentos es creadora en lugar de destructora.
Sólo quiero salir.