Lo recuerdo bien. Recuerdo cuando observaba los vasos sobre la barra de cualquier bar, recuerdo cómo me miraban con sus inertes ojos de vidrio, impasibles. Recuerdo también cómo el whisky caía lentamente y rellenaba esos vasos con el agridulce sabor de la culpabilidad y el jolgorio.
En aquel tiempo, yo no era más que un barco de papel. Un objeto endeble creado para ser desecho por cualquier líquido, alcohol en mi caso. Así era, sin duda. A mí el alcohol me deshacía, me diluía en partículas de inexistencia, acababa con mi vida y yo me sentaba cómodamente sobre los efectos etílicos a observar indolente cómo todo se iba desmoronando alrededor.
No sé bien cuándo pudo empezar todo, cuál fue el primer vaso de fatalidad, o cuál fue el momento en que beber me llenó lo suficiente como para dejar de pensar en lo mucho que necesitaba encauzar mi vida. ¿El divorcio, perder el trabajo? No lo sé. No creo que se deba culpar sólo a las circunstancias. Al fin y al cabo, somos nosotros los que escogemos llenar los vasos de autocompasión y pesimismo, de la misma forma que también somos nosotros quienes escogemos apartar esos vasos y gritar basta.
Un día de tantos, mientras los vasos me observaban con su impavidez y con algo de reproche, se acercó alguien. No recuerdo el nombre, tal vez no se lo pregunté, pero sé que a partir de ahí, algo comenzó a cambiar.
- Perdone, se está apoyando usted sobre mi gabardina… - dijo el desconocido.
Yo le miré con fastidio, con la mirada algo perdida y la voz gangosa, y le respondí airada:
-Ushted noo me… tiene que decir…hip… dónde eshtoy apoyada…
Aunque no recuerdo el nombre de ese individuo, ni siquiera si se lo pregunté, puedo evocar perfectamente su expresión de comprensión cincelada en sus serenos ojos de ébano. Tal vez ahí estuvo el quid de la cuestión. Hasta entonces no había recibido ninguna mirada de comprensión. Desaprobación, compasión, superioridad, espanto, e incluso asco. Pero jamás comprensión.
El desconocido tomó su gabardina y se sentó a mi lado. Apartó mi vaso y me dijo que le apetecía hablar conmigo. No sé si el apartarme el vaso, que le apeteciera hablar conmigo o todo a la vez fue lo que me sorprendió lo suficiente como para no buscar gresca con él. O tal vez aún no estaba demasiado borracha. Hacía tiempo que nadie quería hablar conmigo. Ni siquiera mi hija, ni mi exmarido, ni mis mejores amigos. Todos se fueron quedando atrás en el camino que yo emprendí hacia un mar de remordimientos y culpabilidad que tenía el sabor inconfundible de vasos y más vasos de whisky.
- Yo era como tú… - empezó por fin, después de observar fijamente su coca-cola.
- ¿Y… cómo shoy yo?- le pregunté, más por seguir la conversación que por desconocer quién era yo en realidad.
- Eres alcohólica- me respondió sin ambages, sin rodeos ni edulcorantes de ningún tipo. Lo dijo mirándome a los ojos, sin ningún asomo de pena, más bien con una dureza asombrosa para tratarse de un desconocido.
- ¿Y quién ereshh tú para decirme eso? ¡Yo puedo dejarlo… cuando quiera!
Volvió a mirarme con esa curiosa mezcla de comprensión y dureza. Me comprendía, pero no por ello estaba dispuesto a abdicar con facilidad, a darme un cariño gratuito y falso.
- Sabes que no puedes. Si pudieras, no estarías un martes a las seis de la tarde colgada en una barra del bar, tratando de mantenerte en pie a duras penas, con los sentidos obnubilados y, seguramente, desoyendo consejos de gente que te quiere y desoyéndote a ti misma.
- ¡Qué sabrash tú!
- Lo suficiente como para saber que bebes para no afrontar lo que no quieres afrontar. Es más cómodo permanecer en una engañosa inopia que te haga obviar los problemas que tengas, ¿verdad?
Permanecí en silencio. Necesitaba un trago. Otro más, en realidad. No me gustaba lo que estaba oyendo. Me recordaba una y otra vez las miradas de rabia y dolor de mi hija, el portazo de mi exmarido, la carta de despido… Quería beber. No quería recordar. Extendí la mano hacia el vaso que él había apartado de mi alcance, pero ahí estaba para posar su mano sobre mi muñeca, con la suficiente firmeza para evitar volver a caer en aquella fatalidad.
- Perdone - llamó al chico de la barra- Creo que esta señorita ha bebido suficiente, dígame cuánto le debe y nos marcharemos.
Intenté desasirme, sin éxito, mientras él pagaba la cuenta, una cuenta que no le correspondía. Lo volví a intentar mientras me llevaba a la salida, sin conseguir nada más que un molesto dolor en la muñeca. Cuando estuvimos fuera, finalmente, me soltó.
- Escucha, te he dicho que yo fui como tú.
Le observé a la luz de la tarde veraniega. Rondaría mi edad, pero bajo sus ojos se adivinaban arrugas. Vestía bien, informal, estaba limpio, peinado. No hace falta que diga que yo no vestía bien, ni estaba limpia, y seguramente hacía días que no me peinaba. Eso me hizo sentir incómoda.
- Tú no eres como yo…- respondí débilmente.
- Lo fui hace mucho tiempo, pero mírame. He vuelto a la vida. Nadé durante mucho tiempo en mares de alcohol, llegué a dejar de quererme, pero un buen día alguien hizo conmigo lo que yo he hecho ahora contigo.
- ¿Un desconocido te sacó de un bar a rastras?- pregunté irónica.
- En mi caso no fue un desconocido, y eso lo hizo más doloroso y denigrante.
- ¿Y qué harás? ¿Solucionarás de repente todos mis problemas? ¿Eres el hada madrina de las mujeres borrachas?
- Pues no, me temo que si solucionara todos tus problemas, de estar en mi mano, tú no aprenderías nada de nada, y si algo está claro es que te queda mucho por aprender.
- ¿Y entonces qué vas a hacer?
- Te voy a decir algo. Puedes buscar ayuda. Puedes dejar de pensar que eres el ser humano que más está sufriendo en estos momentos y empezar a mirar a tu alrededor- contestó resuelto.
Acto seguido, y sin dejar que yo lanzara otro sarcasmo, me cogió la mano y depositó en ella una pequeña tarjeta.
- Tal vez deberías empezar por aquí. Estos saben de lo que hablan.
Dicho esto, se dio la vuelta y siguió caminando, sin dejarme tiempo a decir nada más. Ahí estaba yo, en medio de la calle, aún a la puerta del bar, observando cómo él se alejaba y me dejaba con la palabra en la boca. Durante un fugaz momento miré la puerta del bar, con la intención de volver a entrar. Fue un sólo momento, pero fue el primero en el que supe negarme a cruzar ese umbral. En cambio, me dirigí a la cabina más próxima y allí llamé al número de la tarjeta.
Ésa es mi historia. En realidad, ése es el principio del fin. Del fin de muchas horas gastadas ahogando penas en vasos llenos de autocompasión y culpas. Ese día di el primer paso hacia lo que soy ahora, fue el primer día que empecé, poco a poco, a dejar de ser un barco de papel en un vaso de whisky. El camino a partir de aquí fue muy largo y doloroso, pero aprendí a hacer muchas cosas: a afrontar la vida de frente, a pedir perdón, a dejarme querer y ayudar…
No dejéis jamás que la vida os pese tanto a los hombros como para venderla al bajo precio del alcohol.
Barcos de papel en un vaso de whisky
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LadyRugi
on lunes, 13 de septiembre de 2010
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Ángeles custodios
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LadyRugi
on lunes, 23 de noviembre de 2009
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Relatos fantásticos
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Inspiración aquí.
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A veces la magia que tiene la ciudad de Valencia me arrastra y me embarga, me mantiene hipnotizada y juega con mis sentidos, me hace imaginar cosas e historias variadas. Como la ola que se forma en el mar, que coge fuerza conforme avanza y se le rizan los cabellos blancos en su cresta, para luego romper rabiosa en la playa. Así es la magia de esta ciudad.
No en vano, una ciudad así tiene a sus dignos guardianes. Sobre el Puente del Ángel Custodio se alzan dos figuras gemelas que, según muchos, no merecen el título de ángeles. Se trata de dos bestias aladas, cuya cabeza es de animal (por las apariencias, la de un felino) y el cuerpo de un hombre, sobre el que se yerguen dos alas replegadas que siguen la curva de la espalda.Tal vez, más allá de la escabrosa apariencia de esos híbridos alados, lo que incita a la gente a pensar que no son seres celestiales es la postura tensa que mantienen, como si fueran a abalanzarse sobre el primer inocente que se atreviera a cruzarse en su camino. Sus piernas flexionadas, las manos adelantadas y apoyadas delante de su cuerpo. Igual que el atleta olímpico que se dispone a efectuar una salida, o, tal vez, como el animal voraz que acecha a su presa y se dispone a saltar sobre ella.
Frecuentemente se oyen quejas de la gente sobre lo horrendo de esos seres que, más que criaturas venidas del cielo, parecen engendros paridos por las entrañas de la tierra, y a las que para nada se confiaría la protección ni de un puente ni de una ciudad. Pero yo no pienso igual, aunque callo y asiento. No puedo hacer otra cosa, pero sé bien que son ángeles, que nos protegen.
Una de las tantas noches que yo salía de clase cuando había oscurecido, hacia las ocho, me encaminé hacia la parada del autobús. Igual que la mayoría de las veces, el profesor se había explayado todo lo posible en sus explicaciones, y, desgraciadamente, eso significaba perder el autobús y esperar doce o trece minutos al siguiente. Cuando llegué a la parada, maldiciendo a los profesores que hablan sin mirar el reloj, me di cuenta de que algo extraño ocurría.
La avenida Jacinto Benavente, la misma que los ángeles vigilan desde su eterna posición, estaba absolutamente desierta. No me habría extrañado de no ser por que es una vía que siempre tiene tráfico, y más aún a esas horas de la tarde-noche, donde se juntan los que vuelven del trabajo, los progenitores recogiendo a sus hijos de actividades extraescolares, las numerosas líneas de autobuses que confluyen en aquella vértebra comunicativa de la ciudad... Algo raro pasaba.
Al principio lo lógico es pensar que algún accidente ha bloqueado el paso o que hay algún tipo de anomalía en las vías de acceso, pero se descarta la idea cuando observas que ninguna de las calles que habitualmente alimentan a la avenida con su reguero interminable de coches, trae tráfico. Ninguna. Ni siquiera se veían coches a lo lejos, o se oían pitidos impacientes, ni ese rumor urbano, habitual en tantas ciudades.
Tal vez fue ese sexto sentido que los seres humanos conservamos de cuando aún nos hablábamos con los dioses, ese sentido de lo sobrenatural, de lo ajeno a las cuestiones terrestres, el que me avisó de que ocurriría algo fuera de lo habitual. Un presentimiento frío, un témpano de hielo en la mente, me dijo que había algo que rompía los parámetros de la racionalidad. No tardé en descubrir qué.
Al sobrenatural silencio que atenazaba el ambiente, se fue añadiendo un pequeño rumor. Sonaba como algo muy pesado que cambiaba de lugar, como si pudiera oír la corteza terrestre desplazarse y notara en mí misma el entrechocar de las placas tectónicas. Al principio me desorienté, pero debido al silencio no me llevó demasiado tiempo averiguar la procedencia de ese sonido.
Para incredulidad mía, el Ángel Custodio más próximo a mí, una de las fieras que guarda el puente, movía sus brazos y su cabeza ligeramente, como si deseara estirar unos miembros entumecidos durante demasiado tiempo. Al compás de sus brazos y las pequeñas sacudidas de su cabeza, se sumaba ahora el extraño entrechocar de sus alas metálicas, el chirrido armónico de dos miembros que también parecían entumecidos.
Más aún me sorprendí (y asusté) cuando observé que el hermano gemelo de la fiera a la que yo observaba se había liberado casi de su prisión granítica. Poco después de una lucha más rápida y árdua que la que su homólogo llevaba, el Ángel más alejado de mí logró alzarse. Puedo asegurar que si el aspecto de esas bestias agazapadas ya confería cierta sensación de temor, el de una sola de esas bestias alzadas, lograba causar una parálisis terrorífica.
Después de alzarse, el que ya se había liberado, desplegó sus alas de acero produciendo el sonido de dos espadas entrechocando, y con un estruendo alzó el vuelo y comenzó a batir sus alas, acompañando su vuelo con la misteriosa armonía musical que el metal de su figura producía al mover sus miembros. Al poco tiempo, su hermano de metal le acompañaba en su vuelo. Aunque en sus facciones permanecía la expresión fiera que tenían cuando no eran más que figuras ornamentales, lo cierto es que, por alguna extraña razón, también era posible notar el regocijo de aquellos seres sobrenaturales al poder extender sus cuerpos.
Asustada como estaba, lo único que pude pensar es que deseaba despertarme en mi cama, deseaba no estar allí en ese momento, deseaba que aquellos animales volvieran a su prisión, o que, al menos, no se dieran cuenta de que yo los estaba observando. Nadie sabe cómo van a reaccionar dos seres que, en principio, no deberían estar dotados de vida.
Tal vez fueron esos pensamientos los que atrajeron su atención, porque al poco de sucederse como un torrente desbocado en mi cabeza, las dos bestias giraron sus inertes miradas hacia mí, y aunque sus expresiones, como siempre, se mantenían invariables, pude adivinar ahora un sentimiento de comprensión o de deferencia hacia mí. Lejos de tranquilizarme, me asusté más. No podía entender cómo me era posible percibir los sentimientos y pensamientos de aquellas criaturas sin que ellas variaran ni un ápice su expresión.
Lo confieso, en ese momento, pensé en correr. Huir. Rechazar un momento mágico. Afortunadamente, aquellos seres se movieron antes que yo, y de mi cabeza desapareció la posibilidad de escapar, porque concentré toda mi atención en sus movimientos. Se acercaron a mí con batir un poco las alas. El que más tarde se liberó aterrizó a mi lado y repitió la postura que normalmente solía adoptar en su residencia habitual. Me miro con sus inexpresivos ojos de metal, pero yo entendí perfectamente que me invitaba a volar sobre él.
La magia que al principio enunciaba fue la que me arrastró entonces y me impulsó a aceptar casi sin pensarlo. Cuando me hube acomodado precariamente sobre la fría espalda de acero de aquel ser, comenzó de nuevo el batir de alas y ese cántico extraño del metal rechinando. Ese incial batir de alas se convirtió en un aleteo furioso, y antes de que me diera cuenta, ambos seres habían ascendido unos cuantos metros sobre la ciudad y la sobrevolaban.
Una vez logré reunir el valor suficiente, me atreví a asomar la cabeza por encima del hombro de aquel híbrido metálico. La visión de Valencia desde el aire, con sus monumentos y sus grandes rascacielos fue todo un regalo para mi mente y también la imagen que más protegida se halla en los recónditos lugares de mi cerebro, tal vez porque verla desde arriba y en una situación del todo inusual otorgaba una sensación de poder y libertad sin igual, absolutamente fuera del alcance de nuestras sensaciones conocidas.
Después de un recorrido, volvimos al puente. Bajé de la espalda de aquel ángel. Cuando los miré, de nuevo en tierra, supe que jamás en la vida se volvería a repetir esa situación, supe que no volvería a montar en la espalda de un ángel metálico, ni a ver Valencia como la vi aquella noche. Antes de que volvieran del todo a su posición de rigor, la que estaba aceptada, les dije:
- Sois ángeles. Los ángeles de esta ciudad.
Sé que ambos me agradecieron mis palabras, pero sólo el chirrido de sus articulaciones metálicas obtuve como respuesta.
Todos los días los vuelvo a ver y les dedico una mirada amable. A veces creo sentir su saludo, sus palabras cordiales, y entonces, invariablemente escucho:
-Hay que ver que estátuas tan horribles. ¿A quién se le ocurrió llamarlas "ángeles"?
Yo sonrío para mí.
Barrotes en Tian'anmen
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LadyRugi
on domingo, 4 de octubre de 2009
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(Fuente de inspiración)
Yi-Jie, como cada mañana desde el 13 de mayo, caminaba por la calle hacia la gran plaza de Tian'anmen. Desde la primavera, los estudiantes universitarios chinos y algunos obreros (cada vez más) clamaban en las calles por la corrupción del poder, y de paso, cada uno barría para su casa: los estudiantes querían una democracia, único adelanto que aún no había sido anunciado, y los obreros, precisamente, se quejaban de los grandes cambios acontecidos, que amenazaban a sus salarios.
Como cada mañana, Yi había dicho a su madre que se reuniría con los sindicatos de estudiantes de la universidad, y a la vez había lanzado una mirada de complicidad a su padre, que sabía tan bien como él que no se reuniría con las agrupaciones estudiantiles "oficiales", completamente controladas por el Partido Comunista, sino con agrupaciones independientes que no estaban nada de acuerdo en que el progreso se ciñera únicamente al ámbito económico-técnico, y no tocara, ni de refilón, el político. Aunque muchos en Tian'anmen hacían huelga de hambre, el joven Yi-Jie simplemente iba a mostrar su apoyo a la causa. Hacer huelga de hambre habría puesto en sobreaviso a su madre, ya muy mayor para soportar con buena salud que su único hijo fuera un "instigador contrarrevolucionario", como los medios chinos tenían costumbre de llamar al colectivo de estudiantes que desde el 15 de abril se manifestaba en diferentes puntos de Pekín.
La primavera, ya en junio, envejecía, y pronto le daría el relevo a un jovencísimo verano, un verano lleno de promesas de cambio, de verdadero cambio, si el Gobierno chino, cerca de la plaza, cedía a negociar.
Sin embargo, algo alertó a Yi de que las cosas no marchaban nada bien. Cuando estaba cerca de la plaza, probablemente a unas dos manzanas, oyó el estruendo inconfundible de una turba humana, y también el poco usual sonido de unos tanques desplazándose. Aún sabiendo que era más probable tener problemas si se acercaba allí que si era prudente y volvía a casa, Yi deseaba saber qué ocurría, por qué una manifestación pacífica requería respuesta con tanques.
Al acercarse al epicentro de aquel terremoto social, el joven chino tuvo que esquivar varias veces gente corriendo y huyendo de allí. También, con gran estupor, tuvo que apartar la cabeza de la desagradable visión de heridos, muchos de su edad, siendo transportados por sus conocidos. Y cuando llegó a una de las calles de las que provenía el gran tumulto, notó como todos y cada uno de los ideales que lo habían llevado a Tian'anmen los días anteriores caía desplomado como el ave que quiere empezar a volar pero cuyas alas no están lo suficientemente desarrolladas.
Vio tanques arrollando precarias barricadas hechas por civiles con el objetivo de ralentizar el paso de los pesados vehículos hacia su indudable objetivo: la gran Plaza de Tian'anmen. Vio gente gritando impotente ante una masacre aún peor que una masacre humana: el asesinato bestial de la libertad, lo único con lo que todo ser humano debería nacer antes que nada. Y entonces recordó a algunos compañeros que, al contrario que él, habían desoído a sus progenitores y se habían implicado a fondo, hacían huelga de hambre, permanecían juntos en la plaza. Ante aquella inminente masacre, ante aquel acto de brutalidad, él debía dejar a un lado sus maltrechos ideales y correr hacia la plaza antes de que los tanques llegaran y arrasaran sin contemplaciones con lo que se les ponía al paso, como ya estaban haciendo en las inmediaciones.
Volvió tras sus pasos y decidió avanzar por una calle secundaria, para evitar en lo posible la locura que se había desatado. Sin embargo, pronto advirtió que esa locura ya había impregnado cualquier calle que llevara a la plaza, independientemente de su tránsito habitual, pero no había tiempo para una nueva modificación del recorrido. Corrió, haciendo oídos sordos a los ruidos de las masas. Corrió, cegando sus ojos antes los heridos, que se agolpaban en las aceras.
Con el corazón en la garganta y las lágrimas en los ojos, Yi llegó a la plaza, donde entre los manifestantes ya se notaba el nerviosismo y la intranquilidad ante la decisión del Gobierno de usar la violencia antes que pactar nada. En la plaza, muchos estaban asustados, una parte indignados, pero indudablemente, todos estaban preocupados por conservar su posesión más preciada: la vida. Reinaba la incertidumbre. ¿Debían abandonar ahora una lucha que ya duraba casi dos meses? ¿O debían perecer pero defendiendo sus ideas hasta las últimas consecuencias?
La elección, tras alguna disputa, se decantó por la primera opción. Muchos de los manifestantes eran hijos que no deseaban hacer pasar a sus padres por el dolor de enterrarles, y los demás eran padres de familia, algunos el único sustento familiar. Mientras cada cuál decidía su rumbo, la decepción cargó el ambiente, y respirar el aire se hizo dificil después de exhalar el fatídico suspiro de resignación. Otra vez carreras, más destrucción, disturbios, violencia, gritos... Yi tuvo mucha suerte de acabar con un simple golpe en la cara, porque sabía de buena tinta que algún compañero de su clase había salido peor parado.
Cuando llegó a casa, su madre se lanzó a sus brazos envuelta en un mar de lágrimas que brotaban de sus ojos rasgados y le dijo que había tenido mucho miedo, que había oído a la gente correr y huir, que los Zhao, la familia de al lado, recogía sus cosas... Al poco rato llegó su padre, con aspecto de haberse peleado él solo con un tigre. Otra vez lágrimas. Cuando lo peor de la tormenta hubo pasado, entre padre e hijo, con una sola mirada, se creó el pacto tácito de no volver a implicarse más en los estruendos políticos, por mucho que esos estruendos reclamaran algo que no era tan raro en otras partes del mundo.
Unos meses después, en el mundo se haría muy popular una imagen de un hombre deteniendo con su presencia los tanques en Tian'anmen el 5 de junio de 1989. Y Yi-Jie, al ver esa imagen, incluso muchos años después, se emocionaría al recordar cómo la tristemente famosa plaza fue uno de los tantos emplazamientos en el mundo para colocar barrotes a la libertad.
Yi-Jie, como cada mañana desde el 13 de mayo, caminaba por la calle hacia la gran plaza de Tian'anmen. Desde la primavera, los estudiantes universitarios chinos y algunos obreros (cada vez más) clamaban en las calles por la corrupción del poder, y de paso, cada uno barría para su casa: los estudiantes querían una democracia, único adelanto que aún no había sido anunciado, y los obreros, precisamente, se quejaban de los grandes cambios acontecidos, que amenazaban a sus salarios.
Como cada mañana, Yi había dicho a su madre que se reuniría con los sindicatos de estudiantes de la universidad, y a la vez había lanzado una mirada de complicidad a su padre, que sabía tan bien como él que no se reuniría con las agrupaciones estudiantiles "oficiales", completamente controladas por el Partido Comunista, sino con agrupaciones independientes que no estaban nada de acuerdo en que el progreso se ciñera únicamente al ámbito económico-técnico, y no tocara, ni de refilón, el político. Aunque muchos en Tian'anmen hacían huelga de hambre, el joven Yi-Jie simplemente iba a mostrar su apoyo a la causa. Hacer huelga de hambre habría puesto en sobreaviso a su madre, ya muy mayor para soportar con buena salud que su único hijo fuera un "instigador contrarrevolucionario", como los medios chinos tenían costumbre de llamar al colectivo de estudiantes que desde el 15 de abril se manifestaba en diferentes puntos de Pekín.
La primavera, ya en junio, envejecía, y pronto le daría el relevo a un jovencísimo verano, un verano lleno de promesas de cambio, de verdadero cambio, si el Gobierno chino, cerca de la plaza, cedía a negociar.
Sin embargo, algo alertó a Yi de que las cosas no marchaban nada bien. Cuando estaba cerca de la plaza, probablemente a unas dos manzanas, oyó el estruendo inconfundible de una turba humana, y también el poco usual sonido de unos tanques desplazándose. Aún sabiendo que era más probable tener problemas si se acercaba allí que si era prudente y volvía a casa, Yi deseaba saber qué ocurría, por qué una manifestación pacífica requería respuesta con tanques.
Al acercarse al epicentro de aquel terremoto social, el joven chino tuvo que esquivar varias veces gente corriendo y huyendo de allí. También, con gran estupor, tuvo que apartar la cabeza de la desagradable visión de heridos, muchos de su edad, siendo transportados por sus conocidos. Y cuando llegó a una de las calles de las que provenía el gran tumulto, notó como todos y cada uno de los ideales que lo habían llevado a Tian'anmen los días anteriores caía desplomado como el ave que quiere empezar a volar pero cuyas alas no están lo suficientemente desarrolladas.
Vio tanques arrollando precarias barricadas hechas por civiles con el objetivo de ralentizar el paso de los pesados vehículos hacia su indudable objetivo: la gran Plaza de Tian'anmen. Vio gente gritando impotente ante una masacre aún peor que una masacre humana: el asesinato bestial de la libertad, lo único con lo que todo ser humano debería nacer antes que nada. Y entonces recordó a algunos compañeros que, al contrario que él, habían desoído a sus progenitores y se habían implicado a fondo, hacían huelga de hambre, permanecían juntos en la plaza. Ante aquella inminente masacre, ante aquel acto de brutalidad, él debía dejar a un lado sus maltrechos ideales y correr hacia la plaza antes de que los tanques llegaran y arrasaran sin contemplaciones con lo que se les ponía al paso, como ya estaban haciendo en las inmediaciones.
Volvió tras sus pasos y decidió avanzar por una calle secundaria, para evitar en lo posible la locura que se había desatado. Sin embargo, pronto advirtió que esa locura ya había impregnado cualquier calle que llevara a la plaza, independientemente de su tránsito habitual, pero no había tiempo para una nueva modificación del recorrido. Corrió, haciendo oídos sordos a los ruidos de las masas. Corrió, cegando sus ojos antes los heridos, que se agolpaban en las aceras.
Con el corazón en la garganta y las lágrimas en los ojos, Yi llegó a la plaza, donde entre los manifestantes ya se notaba el nerviosismo y la intranquilidad ante la decisión del Gobierno de usar la violencia antes que pactar nada. En la plaza, muchos estaban asustados, una parte indignados, pero indudablemente, todos estaban preocupados por conservar su posesión más preciada: la vida. Reinaba la incertidumbre. ¿Debían abandonar ahora una lucha que ya duraba casi dos meses? ¿O debían perecer pero defendiendo sus ideas hasta las últimas consecuencias?
La elección, tras alguna disputa, se decantó por la primera opción. Muchos de los manifestantes eran hijos que no deseaban hacer pasar a sus padres por el dolor de enterrarles, y los demás eran padres de familia, algunos el único sustento familiar. Mientras cada cuál decidía su rumbo, la decepción cargó el ambiente, y respirar el aire se hizo dificil después de exhalar el fatídico suspiro de resignación. Otra vez carreras, más destrucción, disturbios, violencia, gritos... Yi tuvo mucha suerte de acabar con un simple golpe en la cara, porque sabía de buena tinta que algún compañero de su clase había salido peor parado.
Cuando llegó a casa, su madre se lanzó a sus brazos envuelta en un mar de lágrimas que brotaban de sus ojos rasgados y le dijo que había tenido mucho miedo, que había oído a la gente correr y huir, que los Zhao, la familia de al lado, recogía sus cosas... Al poco rato llegó su padre, con aspecto de haberse peleado él solo con un tigre. Otra vez lágrimas. Cuando lo peor de la tormenta hubo pasado, entre padre e hijo, con una sola mirada, se creó el pacto tácito de no volver a implicarse más en los estruendos políticos, por mucho que esos estruendos reclamaran algo que no era tan raro en otras partes del mundo.
Unos meses después, en el mundo se haría muy popular una imagen de un hombre deteniendo con su presencia los tanques en Tian'anmen el 5 de junio de 1989. Y Yi-Jie, al ver esa imagen, incluso muchos años después, se emocionaría al recordar cómo la tristemente famosa plaza fue uno de los tantos emplazamientos en el mundo para colocar barrotes a la libertad.
Mi cerebro es mi enemigo
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LadyRugi
on domingo, 13 de septiembre de 2009
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Qué bello es el mundo en el que crees que lo que ves es real. Nadie sabe si lo que ve es la auténtica realidad, o no es más que un sueño, o, rizando el rizo, es el sueño que alguien está soñando. Pero esa belleza se pierde cuando estás seguro de que lo que ves no es real, cuando te das cuenta en tus momentos de lucidez, que lo que has visto hace un momento no eran más que alucinaciones, algunas terroríficas, otras bellas, pero sólo alucinaciones.
Esos momentos son los que convierten a la mente en nuestra gran enemiga. El cerebro, el mismo órgano que nos da la capacidad de hablar, de percibir, de crear, de imaginar y de muchos otros fenómenos que convierten al ser humano en alguien especial, también es nuestro enemigo cuando nos empareda entre imágenes escabrosas que no tienen nada de real, el que nos hunde en pesadillas terroríficas, y el que hace que estemos deprimidos o eufóricos sin hallar el punto medio. El cerebro, el mismo que nos da una idea sobre la que escribir y una imagen que dibujar, es también el que nos gana una habitación en la planta de psiquiatría de un hospital, junto a más gente de cerebros traidores.
Y aquí es donde entro yo. Estoy en la planta de psiquiatría del Hospital Dr. Peset, en Valencia. Hace poco tuve un ataque de euforia por razones que no les voy a contar a ustedes, ya que mi vida personal no es de su incumbencia y bastante tengo yo con cargar con ella como para tener que relatarla.
No se está mal del todo en este lugar. Los enfermeros son simpáticos, aunque algunos más que otros. Hay horarios para todo, algo necesario cuando estás tratando con gente que necesita desesperadamente una barcaza de estabilidad en un mar de incertidumbre. También me han dicho (ya que yo no puedo verlo) que las paredes están pintadas de color salmón, así que supongo que esto no parece el típico hospital psiquiátrico de película de terror con paredes desconcertantemente blancas.
También, por supuesto, están las visitas. Cuando mi mente aún respeta mis órdenes y cuando no soy yo mismo el que recibe una visita, me entretengo en evaluar a la gente que viene de fuera. Aunque no pueda ver oigo bastante bien, y con el tiempo he aprendido a desgranar la actitud de los visitantes a través de sus sonidos. A algunos les incomoda profundamente venir hasta aquí y ver tantos "enajenados", oír algún grito, o peor aún, presenciar algún ataque de agresividad de un interno. Vienen porque se consideran en el deber de hacerlo, y muchos no saben que ellos nos incomodan a nosotros con su incomodidad, valga la redundancia. Hay otros que son altamente compasivos, están dispuestos a sonreír a todos, a saludar a quienes les saludan, aunque todo ello aderezado con un irritante tono de sonsonete que se usa para hablar a un niño de un año o dos. También los hay bastante apáticos, que vienen, se quedan en silencio, traen lo que sus familiares de aquí les piden, y se van, como las lluvias finas de principios de septiembre. Otras veces hay desagradables episodios familiares, sobre todo con los internos jóvenes, que en muchos casos están aquí, no por traición de su cerebro, sino porque ellos mismo se han traicionado tomando algunas sustancias divertidas pero peligrosas.
Y luego está mi familia. Muchas veces olvido que me han visitado. Es por la medicación, que borra mi memoria para que no recuerde mis problemas y no me deprima. Menuda patochada. Los problemas de una persona pueden borrarse de la cabeza, pero jamás del corazón, mucho menos las heridas que la vida ha dejado en cada uno. Pero bueno, a lo que iba. Mi familia, claro, no es como ninguna de esas visitas. También son seres humanos, así que a veces noto su cansancio o su impotencia, pero a pesar de esos sentimientos, siguen viniendo a verme, sobre todo mi hermana.
A mi hermana y a mí no nos trató nada bien la vida, aunque ella salió peor parada. Luego, paradójicamente, es la que mejor ha acabado de los dos. Se casó con un buen hombre, tiene dos hijas, trabaja y la gente la quiere. No vive en la abundancia, pero tampoco pasa ninguna penuria. Yo, en cambio... Bueno, tuve bastantes cosas de pequeño, pero eso al final acabó haciéndome daño porque jamás aprendí a aceptar el fracaso y los noes que te da la vida. Ya saben que no quiero hablar mucho de mí, así que dejémoslo ahí.
Ahora lo que más deseo es salir de aquí y volver a ver a mis compañeros de residencia, pero eso será si mi cerebro no me vuelve a traicionar, porque últimamente no deja de hacerme creer que jamás saldré de ésta y que mi vida se consumirá en el microuniverso de este hospital. Sé que debo hacerme fuerte ante esto, y pelear contra mi propio cerebro para decirle que no debe salirse de los márgenes adecuados, pero es difícil luchar contra algo que tú mismo creas sin darte cuenta, y es difícil pelear contra la misma fuerza que en otros momentos es creadora en lugar de destructora.
Sólo quiero salir.
Chica de cristal, hombre de hierro
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LadyRugi
on domingo, 6 de septiembre de 2009
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Relatos de amor,
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Oí al despertador llamarme con su canto estridente. Mi brazo hizo un esfuerzo y lo acalló. Me revolví un poco entre las sábanas, remoloneando, como hago siempre que me despierto.Tú también te revolviste, pero en tu caso para levantarte, remolonear no es una palabra que vaya contigo.
Aún en el leve sopor que me envuelve durante las mañanas, no dejo de enfocar mis ojos hacia tu figura, que se recorta sobre la poca luz que entra en la habitación. Trasteas algo en el sillón que usas para dejar tu ropa preparada. Estás recogiendo la ropa que dejaste preparada la noche anterior, en previsión de que hoy sería un día movido, y muy largo.
Dejas un momento la ropa y vas hacia el armario. Estás cogiendo algo de dentro. Vuelves al sillón. Siempre sigo tus pasos, mis ojos se adhieren a tu cuerpo como el metal a un potente imán. Me agrada verte afanoso por las mañanas, cuando la mayoría de los mortales aún debemos hacer un valiente esfuerzo para que nuestro cuerpo abandone las tibias sábanas.
Yo no quiero hacer hoy ese esfuerzo. No quiero salir de la cama. No es pereza, es otra cosa lo que me retiene en la cama. Entre las sábanas aún puedo creer que nos queda mucho tiempo juntos, que cuando salga será para reírnos y planear qué haremos durante el día, como hasta ahora. Sé que cuando salga, mi corazón se quedará refugiado entre las sábanas, asustado por tener que enfrentarse a la soledad una vez más. No quiero abandonar la cama y ser sólo una leve neblina, convertirme en un ser etéreo incapaz de sentir las maravillas de la mortalidad y de la vida efímera.
-Vamos, pequeñita, hoy hay mucho que hacer.
Tú lo intuyes. A veces creo que mis pensamientos tienen un olor particular para ti, como el aroma de la miel lo tiene para las abejas, o la leche materna para el bebé. No sólo lo intuyes, sé perfectamente que la normalidad y tranquilidad con la que afrontas la titánica tarea de levantarte de la cama un día como hoy, es tu recurso para ser fuerte por los dos, porque sabes que yo no podré serlo. Sabes que voy a necesitar tu hombro más de una vez al día, y sabes también que me romperé en pedazos, como el más frágil de los cristales, cuando te alejes. Yo soy la chica de cristal, tú el hombre de hierro.
Sin hacer mucho caso de tu vocativo, permanezco en la cama. Empiezo a agarrarme a las sábanas con desesperación, a hacerme un ovillo, como si con mi cuerpo quisiera proteger algo muy preciado. En el fondo es eso, tengo que proteger mi corazón de chica de cristal. Oigo como el agua de la ducha golpea indolente la mampara protectora. El sonido de tantas mañanas, siempre fue el sonido que hacía la promesa de un día más junto a ti, y sin embargo ahora es el sonido del fin de esa promesa. El tiempo no es más que un inmenso tren cuyo conductor no tiene reparos en atropellar a quien se le ponga por delante, y ahora nosotros descansamos sobre las vías de la vida, viendo como ese tren ya ha pasado, ya nos ha arrollado, y paladeando los breves momentos en los que tuvimos el privilegio de montar en aquella infernal maquinaria sin rumbo ni destino.
Finalmente me decido. Saco un pie, luego otro. Mi cuerpo está fuera de la cama, me siento inusualmente desprotegida, pero pienso una cosa que nos convence a mí y a mi testarudo corazón: Salir de la cama hoy es la única forma de que algún día vuelvas a entrar y puedas volver a vivir tantas cosas como las que has vivido. Una lágrima se me escapa.
Hoy, la chica de cristal, debe aprender a ser también de hierro.
Beso Eterno.
Publicado por
LadyRugi
on sábado, 5 de septiembre de 2009
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Relatos fantásticos
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Elisa miraba las estrellas, buscando en ellas las palabras que la Luna no le quería decir, buscando los secretos que, en el fondo, conocía perfectamente.
Apoyada en el alféizar de la ventana, con apenas una camisa larga de manga corta y la melena alborotada por su pelea con un colchón que no la dejaba dormir, Elisa no dejaba de darle vueltas a aquella proposición. Sonrió amargamente. La Proposición. Durante una semana, no había pensado en otra cosa, ni siquiera cuando intentaba eludir el tema podía hacerlo. No era para menos, claro está. A los dieciocho años, ese tipo de ofertas debían tomarse muy seriamente.
Tenía mucho que perder y mucho que ganar, de modo que la balanza estaba muy equilibrada, tal vez demasiado. Por supuesto, siempre estaban las moralinas típicas en esos casos sobre la corrección y lo que una chica debe o no debe hacer, pero, ciertamente, ella jamás se dejó guiar por estereotipos y prejuicios sociales. Eso mismo, en muchos casos, era lo que le había granjeado un par de miradas desconcertadas y más que un par de miradas horrorizadas o escandalizadas.
Empezó a enredarse las puntas del pelo con sus dedos, a retorcerlo con nerviosismo, sabiendo que cada minuto que pasaba, su tiempo se agotaba y que cada pensamiento que dedicaba a aquel tema la alejaba más de obtener una respuesta clara, y tal vez muy contundente.
De repente, algo se movió en la sombra de su habitación. Aunque el ruido había sido leve y repentino, ella no se había asustado, ni había variado un ápice su actitud. Sabía perfectamente quién, o qué, era lo que se movía en las sombras.
-Has tardado- reprochó ella sin apartar los ojos de la noche.
Unos ojos brillaron en la oscuridad, y una sonrisa blanca y perfecta apareció en el silencio de la habitación.
-No lo tienes nada claro- contestó una voz masculina y juvenil, con aparente regocijo por la incertidumbre de su interlocutora.
-Qué quieres que te diga... No es una propuesta cualquiera la que me has hecho.
-A mí me va muy bien, si eso te sirve de algo.
-Evidentemente, no me sirve de nada. Yo no hago algo porque otros lo hagan. Oh, y deja ya de ocultarte en las sombras, nos conocemos perfectamente.
La sonrisa blanca volvió a alumbrar levemente la habitación, y una figura se acercó hacia la venta. A la luz de la luna, al verle otra vez, Elisa supo cuál sería su respuesta a la proposición. Sus ojos de obsidiana la miraban calculadores y zalameros, su boca se curvaba en una media sonrisa atractiva y enigmática, y su pelo, rizado y crespo, enmarcaba una cara muy proporcionada y simétrica.
Elisa suspiró.
-¿Eso es un sí?- preguntó el recién llegado.
Giró la cabeza y le miró directamente a los ojos. Ella jamás podría leerle la mente como él se la leía a ella, y eso era peligroso. ¿Qué le esperaría?
-Sí.
Él dio un leve respingo de excitación y alegría.
-¿Quieres el Beso Eterno?-preguntó para asegurarse.
-Sí- respondió ella como un autómata.
El chico se acercó a ella hasta estar a unos centímetros de su cara. Sonrió de nuevo. Su dentadura era perfecta e inmaculada, con los dos colmillos caninos muy prominentes, como correspondía a los de su raza. Le rozó la mejilla con la suya y apoyó los labios con mucha suavidad en el cuello de Elisa. Sin duda, hacía tiempo que no probaba una carne tan tierna, y a buen seguro, la sangre sería de excelente calidad.
En un rápido arranque, hundió sus dientes en la tierna carne de la chica, y notó el leve estremecimiento de la presa cuando era mordida, pero por lo demás, ella no opuso resistencia. De hecho, si notaba dolor, no lo demostró. Ni siquiera gritó. Eso le había gustado de ella cuando la fichó por primera vez. No era de las que se dejaban amedrentar con facilidad, no era de las que se quejaban. Era carne fuerte.
Elisa se desvaneció en los brazos de aquel ser nocturno, y al poco rato despertó. Abrió los ojos y le vio a él, observándola atentamente, con la boca aún manchada de la sangre que minutos antes corría por sus venas. Y su sonrisa. Sus dientes ya no eran inmaculados y puros, ahora estaban teñidos con la verdadera realidad.
Ella le devolvió la sonrisa, y él observó con satisfacción cómo unos maravillosos colmillos caninos resaltaban sobre el resto de la dentadura de la joven.
-Bienvenida, Elisa.
Bienvenidos a mi guarida
Publicado por
LadyRugi
on jueves, 3 de septiembre de 2009
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"¿Por qué? ¿Por qué otra lunática con delirios de escritora?" se estará preguntando el recién llegado lector.
Simplemente porque es mi blog, uno de los que tengo, y porque me gusta escribir. Escribir, a secas, sin más. Entrelazar palabras usando mis ideas. Jugar a creer que puedo mejorar. Así que aquí encontraréis única y exclusivamente relatos. Relatos completamente míos, por supuesto, aunque no de una temática específica, ni de un género determinado. Simple y llanamente, relatos.
Supongo que la siguiente pregunta es por qué este nombre para un blog de relatos, pudiendo buscarle algo más artístico y presuntuoso como "Alma y letras", "Letras y camino", "Corazón y literatura" o alguna cosa similar. La primera razón, es que la mayoría de nombres presuntuosos y artísticos ya están cogidos, y la segunda es que, ya que no podía poner un nombre artístico y presuntuoso, era lógico que no le acompañara un animal presuntuoso, sino todo lo contrario.
Por alguna razón, los chacales carecen de la majestuosidad que se dota a algunos animales mamíferos carnívoros como los tigres, los leones, los jaguares... El único reconocimiento que tienen es el de que Anubis, dios egipcio de los muertos, es, precisamente, un hombre con cabeza de chacal, y ni siquiera así se puede decir que se les tenga muy bien vistos, porque a Anubis se le atribuye la iconografía del chacal ya que los antiguos egipcios a menudo observaban cómo los chacales desenterraban los cadáveres de sus seres queridos. Los animalitos lo hacían en busca de alimento, los egipcios creían que se llevaban a sus seres queridos al Más Allá.
Ya supondréis que un animal carroñero que desentierra cadáveres puede ser considerado muchas cosas menos finolis, majestuoso o elegante. Si a eso le sumamos que no son muy imponentes, más bien raquíticos, tienen unas orejas muy grandes y son extremadamente ruidosos, es evidente que el chacal no es el típico animal que te pones en el fondo de escritorio.
Pero sin embargo, a mí me agradan los chacales. Van a la suya y son animales muy persistentes. Creo que en eso me parezco a ellos, aunque yo, afortunadamente, aún no me he decidido a desenterrar cadáveres (todo se andará).
Por todo ello, para rendir homenaje a estos animales y también a las letras, las únicas que jamás me han decepcionado, se crea un blog con este nombre.
Simplemente porque es mi blog, uno de los que tengo, y porque me gusta escribir. Escribir, a secas, sin más. Entrelazar palabras usando mis ideas. Jugar a creer que puedo mejorar. Así que aquí encontraréis única y exclusivamente relatos. Relatos completamente míos, por supuesto, aunque no de una temática específica, ni de un género determinado. Simple y llanamente, relatos.
Supongo que la siguiente pregunta es por qué este nombre para un blog de relatos, pudiendo buscarle algo más artístico y presuntuoso como "Alma y letras", "Letras y camino", "Corazón y literatura" o alguna cosa similar. La primera razón, es que la mayoría de nombres presuntuosos y artísticos ya están cogidos, y la segunda es que, ya que no podía poner un nombre artístico y presuntuoso, era lógico que no le acompañara un animal presuntuoso, sino todo lo contrario.
Por alguna razón, los chacales carecen de la majestuosidad que se dota a algunos animales mamíferos carnívoros como los tigres, los leones, los jaguares... El único reconocimiento que tienen es el de que Anubis, dios egipcio de los muertos, es, precisamente, un hombre con cabeza de chacal, y ni siquiera así se puede decir que se les tenga muy bien vistos, porque a Anubis se le atribuye la iconografía del chacal ya que los antiguos egipcios a menudo observaban cómo los chacales desenterraban los cadáveres de sus seres queridos. Los animalitos lo hacían en busca de alimento, los egipcios creían que se llevaban a sus seres queridos al Más Allá.
Ya supondréis que un animal carroñero que desentierra cadáveres puede ser considerado muchas cosas menos finolis, majestuoso o elegante. Si a eso le sumamos que no son muy imponentes, más bien raquíticos, tienen unas orejas muy grandes y son extremadamente ruidosos, es evidente que el chacal no es el típico animal que te pones en el fondo de escritorio.
Pero sin embargo, a mí me agradan los chacales. Van a la suya y son animales muy persistentes. Creo que en eso me parezco a ellos, aunque yo, afortunadamente, aún no me he decidido a desenterrar cadáveres (todo se andará).
Por todo ello, para rendir homenaje a estos animales y también a las letras, las únicas que jamás me han decepcionado, se crea un blog con este nombre.