(Fuente de inspiración)
Yi-Jie, como cada mañana desde el 13 de mayo, caminaba por la calle hacia la gran plaza de Tian'anmen. Desde la primavera, los estudiantes universitarios chinos y algunos obreros (cada vez más) clamaban en las calles por la corrupción del poder, y de paso, cada uno barría para su casa: los estudiantes querían una democracia, único adelanto que aún no había sido anunciado, y los obreros, precisamente, se quejaban de los grandes cambios acontecidos, que amenazaban a sus salarios.
Como cada mañana, Yi había dicho a su madre que se reuniría con los sindicatos de estudiantes de la universidad, y a la vez había lanzado una mirada de complicidad a su padre, que sabía tan bien como él que no se reuniría con las agrupaciones estudiantiles "oficiales", completamente controladas por el Partido Comunista, sino con agrupaciones independientes que no estaban nada de acuerdo en que el progreso se ciñera únicamente al ámbito económico-técnico, y no tocara, ni de refilón, el político. Aunque muchos en Tian'anmen hacían huelga de hambre, el joven Yi-Jie simplemente iba a mostrar su apoyo a la causa. Hacer huelga de hambre habría puesto en sobreaviso a su madre, ya muy mayor para soportar con buena salud que su único hijo fuera un "instigador contrarrevolucionario", como los medios chinos tenían costumbre de llamar al colectivo de estudiantes que desde el 15 de abril se manifestaba en diferentes puntos de Pekín.
La primavera, ya en junio, envejecía, y pronto le daría el relevo a un jovencísimo verano, un verano lleno de promesas de cambio, de verdadero cambio, si el Gobierno chino, cerca de la plaza, cedía a negociar.
Sin embargo, algo alertó a Yi de que las cosas no marchaban nada bien. Cuando estaba cerca de la plaza, probablemente a unas dos manzanas, oyó el estruendo inconfundible de una turba humana, y también el poco usual sonido de unos tanques desplazándose. Aún sabiendo que era más probable tener problemas si se acercaba allí que si era prudente y volvía a casa, Yi deseaba saber qué ocurría, por qué una manifestación pacífica requería respuesta con tanques.
Al acercarse al epicentro de aquel terremoto social, el joven chino tuvo que esquivar varias veces gente corriendo y huyendo de allí. También, con gran estupor, tuvo que apartar la cabeza de la desagradable visión de heridos, muchos de su edad, siendo transportados por sus conocidos. Y cuando llegó a una de las calles de las que provenía el gran tumulto, notó como todos y cada uno de los ideales que lo habían llevado a Tian'anmen los días anteriores caía desplomado como el ave que quiere empezar a volar pero cuyas alas no están lo suficientemente desarrolladas.
Vio tanques arrollando precarias barricadas hechas por civiles con el objetivo de ralentizar el paso de los pesados vehículos hacia su indudable objetivo: la gran Plaza de Tian'anmen. Vio gente gritando impotente ante una masacre aún peor que una masacre humana: el asesinato bestial de la libertad, lo único con lo que todo ser humano debería nacer antes que nada. Y entonces recordó a algunos compañeros que, al contrario que él, habían desoído a sus progenitores y se habían implicado a fondo, hacían huelga de hambre, permanecían juntos en la plaza. Ante aquella inminente masacre, ante aquel acto de brutalidad, él debía dejar a un lado sus maltrechos ideales y correr hacia la plaza antes de que los tanques llegaran y arrasaran sin contemplaciones con lo que se les ponía al paso, como ya estaban haciendo en las inmediaciones.
Volvió tras sus pasos y decidió avanzar por una calle secundaria, para evitar en lo posible la locura que se había desatado. Sin embargo, pronto advirtió que esa locura ya había impregnado cualquier calle que llevara a la plaza, independientemente de su tránsito habitual, pero no había tiempo para una nueva modificación del recorrido. Corrió, haciendo oídos sordos a los ruidos de las masas. Corrió, cegando sus ojos antes los heridos, que se agolpaban en las aceras.
Con el corazón en la garganta y las lágrimas en los ojos, Yi llegó a la plaza, donde entre los manifestantes ya se notaba el nerviosismo y la intranquilidad ante la decisión del Gobierno de usar la violencia antes que pactar nada. En la plaza, muchos estaban asustados, una parte indignados, pero indudablemente, todos estaban preocupados por conservar su posesión más preciada: la vida. Reinaba la incertidumbre. ¿Debían abandonar ahora una lucha que ya duraba casi dos meses? ¿O debían perecer pero defendiendo sus ideas hasta las últimas consecuencias?
La elección, tras alguna disputa, se decantó por la primera opción. Muchos de los manifestantes eran hijos que no deseaban hacer pasar a sus padres por el dolor de enterrarles, y los demás eran padres de familia, algunos el único sustento familiar. Mientras cada cuál decidía su rumbo, la decepción cargó el ambiente, y respirar el aire se hizo dificil después de exhalar el fatídico suspiro de resignación. Otra vez carreras, más destrucción, disturbios, violencia, gritos... Yi tuvo mucha suerte de acabar con un simple golpe en la cara, porque sabía de buena tinta que algún compañero de su clase había salido peor parado.
Cuando llegó a casa, su madre se lanzó a sus brazos envuelta en un mar de lágrimas que brotaban de sus ojos rasgados y le dijo que había tenido mucho miedo, que había oído a la gente correr y huir, que los Zhao, la familia de al lado, recogía sus cosas... Al poco rato llegó su padre, con aspecto de haberse peleado él solo con un tigre. Otra vez lágrimas. Cuando lo peor de la tormenta hubo pasado, entre padre e hijo, con una sola mirada, se creó el pacto tácito de no volver a implicarse más en los estruendos políticos, por mucho que esos estruendos reclamaran algo que no era tan raro en otras partes del mundo.
Unos meses después, en el mundo se haría muy popular una imagen de un hombre deteniendo con su presencia los tanques en Tian'anmen el 5 de junio de 1989. Y Yi-Jie, al ver esa imagen, incluso muchos años después, se emocionaría al recordar cómo la tristemente famosa plaza fue uno de los tantos emplazamientos en el mundo para colocar barrotes a la libertad.
Barrotes en Tian'anmen
Publicado por
LadyRugi
on domingo, 4 de octubre de 2009
Etiquetas:
Relatos históricos,
Relatos sociales
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