Beso Eterno.

Elisa miraba las estrellas, buscando en ellas las palabras que la Luna no le quería decir, buscando los secretos que, en el fondo, conocía perfectamente.

Apoyada en el alféizar de la ventana, con apenas una camisa larga de manga corta y la melena alborotada por su pelea con un colchón que no la dejaba dormir, Elisa no dejaba de darle vueltas a aquella proposición. Sonrió amargamente. La Proposición. Durante una semana, no había pensado en otra cosa, ni siquiera cuando intentaba eludir el tema podía hacerlo. No era para menos, claro está. A los dieciocho años, ese tipo de ofertas debían tomarse muy seriamente.

Tenía mucho que perder y mucho que ganar, de modo que la balanza estaba muy equilibrada, tal vez demasiado. Por supuesto, siempre estaban las moralinas típicas en esos casos sobre la corrección y lo que una chica debe o no debe hacer, pero, ciertamente, ella jamás se dejó guiar por estereotipos y prejuicios sociales. Eso mismo, en muchos casos, era lo que le había granjeado un par de miradas desconcertadas y más que un par de miradas horrorizadas o escandalizadas.

Empezó a enredarse las puntas del pelo con sus dedos, a retorcerlo con nerviosismo, sabiendo que cada minuto que pasaba, su tiempo se agotaba y que cada pensamiento que dedicaba a aquel tema la alejaba más de obtener una respuesta clara, y tal vez muy contundente.

De repente, algo se movió en la sombra de su habitación. Aunque el ruido había sido leve y repentino, ella no se había asustado, ni había variado un ápice su actitud. Sabía perfectamente quién, o qué, era lo que se movía en las sombras.

-Has tardado- reprochó ella sin apartar los ojos de la noche.

Unos ojos brillaron en la oscuridad, y una sonrisa blanca y perfecta apareció en el silencio de la habitación.

-No lo tienes nada claro- contestó una voz masculina y juvenil, con aparente regocijo por la incertidumbre de su interlocutora.

-Qué quieres que te diga... No es una propuesta cualquiera la que me has hecho.

-A mí me va muy bien, si eso te sirve de algo.

-Evidentemente, no me sirve de nada. Yo no hago algo porque otros lo hagan. Oh, y deja ya de ocultarte en las sombras, nos conocemos perfectamente.

La sonrisa blanca volvió a alumbrar levemente la habitación, y una figura se acercó hacia la venta. A la luz de la luna, al verle otra vez, Elisa supo cuál sería su respuesta a la proposición. Sus ojos de obsidiana la miraban calculadores y zalameros, su boca se curvaba en una media sonrisa atractiva y enigmática, y su pelo, rizado y crespo, enmarcaba una cara muy proporcionada y simétrica.

Elisa suspiró.

-¿Eso es un sí?- preguntó el recién llegado.

Giró la cabeza y le miró directamente a los ojos. Ella jamás podría leerle la mente como él se la leía a ella, y eso era peligroso. ¿Qué le esperaría?

-Sí.

Él dio un leve respingo de excitación y alegría.

-¿Quieres el Beso Eterno?-preguntó para asegurarse.

-Sí- respondió ella como un autómata.

El chico se acercó a ella hasta estar a unos centímetros de su cara. Sonrió de nuevo. Su dentadura era perfecta e inmaculada, con los dos colmillos caninos muy prominentes, como correspondía a los de su raza. Le rozó la mejilla con la suya y apoyó los labios con mucha suavidad en el cuello de Elisa. Sin duda, hacía tiempo que no probaba una carne tan tierna, y a buen seguro, la sangre sería de excelente calidad.

En un rápido arranque, hundió sus dientes en la tierna carne de la chica, y notó el leve estremecimiento de la presa cuando era mordida, pero por lo demás, ella no opuso resistencia. De hecho, si notaba dolor, no lo demostró. Ni siquiera gritó. Eso le había gustado de ella cuando la fichó por primera vez. No era de las que se dejaban amedrentar con facilidad, no era de las que se quejaban. Era carne fuerte.

Elisa se desvaneció en los brazos de aquel ser nocturno, y al poco rato despertó. Abrió los ojos y le vio a él, observándola atentamente, con la boca aún manchada de la sangre que minutos antes corría por sus venas. Y su sonrisa. Sus dientes ya no eran inmaculados y puros, ahora estaban teñidos con la verdadera realidad.
Ella le devolvió la sonrisa, y él observó con satisfacción cómo unos maravillosos colmillos caninos resaltaban sobre el resto de la dentadura de la joven.

-Bienvenida, Elisa.