Barcos de papel en un vaso de whisky

Lo recuerdo bien. Recuerdo cuando observaba los vasos sobre la barra de cualquier bar, recuerdo cómo me miraban con sus inertes ojos de vidrio, impasibles. Recuerdo también cómo el whisky caía lentamente y rellenaba esos vasos con el agridulce sabor de la culpabilidad y el jolgorio.


En aquel tiempo, yo no era más que un barco de papel. Un objeto endeble creado para ser desecho por cualquier líquido, alcohol en mi caso. Así era, sin duda. A mí el alcohol me deshacía, me diluía en partículas de inexistencia, acababa con mi vida y yo me sentaba cómodamente sobre los efectos etílicos a observar indolente cómo todo se iba desmoronando alrededor.

No sé bien cuándo pudo empezar todo, cuál fue el primer vaso de fatalidad, o cuál fue el momento en que beber me llenó lo suficiente como para dejar de pensar en lo mucho que necesitaba encauzar mi vida. ¿El divorcio, perder el trabajo? No lo sé. No creo que se deba culpar sólo a las circunstancias. Al fin y al cabo, somos nosotros los que escogemos llenar los vasos de autocompasión y pesimismo, de la misma forma que también somos nosotros quienes escogemos apartar esos vasos y gritar basta.

Un día de tantos, mientras los vasos me observaban con su impavidez y con algo de reproche, se acercó alguien. No recuerdo el nombre, tal vez no se lo pregunté, pero sé que a partir de ahí, algo comenzó a cambiar.

- Perdone, se está apoyando usted sobre mi gabardina… - dijo el desconocido.

Yo le miré con fastidio, con la mirada algo perdida y la voz gangosa, y le respondí airada:

-Ushted noo me… tiene que decir…hip… dónde eshtoy apoyada…

Aunque no recuerdo el nombre de ese individuo, ni siquiera si se lo pregunté, puedo evocar perfectamente su expresión de comprensión cincelada en sus serenos ojos de ébano. Tal vez ahí estuvo el quid de la cuestión. Hasta entonces no había recibido ninguna mirada de comprensión. Desaprobación, compasión, superioridad, espanto, e incluso asco. Pero jamás comprensión.

El desconocido tomó su gabardina y se sentó a mi lado. Apartó mi vaso y me dijo que le apetecía hablar conmigo. No sé si el apartarme el vaso, que le apeteciera hablar conmigo o todo a la vez fue lo que me sorprendió lo suficiente como para no buscar gresca con él. O tal vez aún no estaba demasiado borracha. Hacía tiempo que nadie quería hablar conmigo. Ni siquiera mi hija, ni mi exmarido, ni mis mejores amigos. Todos se fueron quedando atrás en el camino que yo emprendí hacia un mar de remordimientos y culpabilidad que tenía el sabor inconfundible de vasos y más vasos de whisky.

- Yo era como tú… - empezó por fin, después de observar fijamente su coca-cola.

- ¿Y… cómo shoy yo?- le pregunté, más por seguir la conversación que por desconocer quién era yo en realidad.

- Eres alcohólica- me respondió sin ambages, sin rodeos ni edulcorantes de ningún tipo. Lo dijo mirándome a los ojos, sin ningún asomo de pena, más bien con una dureza asombrosa para tratarse de un desconocido.

- ¿Y quién ereshh tú para decirme eso? ¡Yo puedo dejarlo… cuando quiera!

Volvió a mirarme con esa curiosa mezcla de comprensión y dureza. Me comprendía, pero no por ello estaba dispuesto a abdicar con facilidad, a darme un cariño gratuito y falso.

- Sabes que no puedes. Si pudieras, no estarías un martes a las seis de la tarde colgada en una barra del bar, tratando de mantenerte en pie a duras penas, con los sentidos obnubilados y, seguramente, desoyendo consejos de gente que te quiere y desoyéndote a ti misma.

- ¡Qué sabrash tú!

- Lo suficiente como para saber que bebes para no afrontar lo que no quieres afrontar. Es más cómodo permanecer en una engañosa inopia que te haga obviar los problemas que tengas, ¿verdad?

Permanecí en silencio. Necesitaba un trago. Otro más, en realidad. No me gustaba lo que estaba oyendo. Me recordaba una y otra vez las miradas de rabia y dolor de mi hija, el portazo de mi exmarido, la carta de despido… Quería beber. No quería recordar. Extendí la mano hacia el vaso que él había apartado de mi alcance, pero ahí estaba para posar su mano sobre mi muñeca, con la suficiente firmeza para evitar volver a caer en aquella fatalidad.

- Perdone - llamó al chico de la barra- Creo que esta señorita ha bebido suficiente, dígame cuánto le debe y nos marcharemos.

Intenté desasirme, sin éxito, mientras él pagaba la cuenta, una cuenta que no le correspondía. Lo volví a intentar mientras me llevaba a la salida, sin conseguir nada más que un molesto dolor en la muñeca. Cuando estuvimos fuera, finalmente, me soltó.

- Escucha, te he dicho que yo fui como tú.

Le observé a la luz de la tarde veraniega. Rondaría mi edad, pero bajo sus ojos se adivinaban arrugas. Vestía bien, informal, estaba limpio, peinado. No hace falta que diga que yo no vestía bien, ni estaba limpia, y seguramente hacía días que no me peinaba. Eso me hizo sentir incómoda.

- Tú no eres como yo…- respondí débilmente.

- Lo fui hace mucho tiempo, pero mírame. He vuelto a la vida. Nadé durante mucho tiempo en mares de alcohol, llegué a dejar de quererme, pero un buen día alguien hizo conmigo lo que yo he hecho ahora contigo.

- ¿Un desconocido te sacó de un bar a rastras?- pregunté irónica.

- En mi caso no fue un desconocido, y eso lo hizo más doloroso y denigrante.

- ¿Y qué harás? ¿Solucionarás de repente todos mis problemas? ¿Eres el hada madrina de las mujeres borrachas?

- Pues no, me temo que si solucionara todos tus problemas, de estar en mi mano, tú no aprenderías nada de nada, y si algo está claro es que te queda mucho por aprender.

- ¿Y entonces qué vas a hacer?

- Te voy a decir algo. Puedes buscar ayuda. Puedes dejar de pensar que eres el ser humano que más está sufriendo en estos momentos y empezar a mirar a tu alrededor- contestó resuelto.

Acto seguido, y sin dejar que yo lanzara otro sarcasmo, me cogió la mano y depositó en ella una pequeña tarjeta.

- Tal vez deberías empezar por aquí. Estos saben de lo que hablan.

Dicho esto, se dio la vuelta y siguió caminando, sin dejarme tiempo a decir nada más. Ahí estaba yo, en medio de la calle, aún a la puerta del bar, observando cómo él se alejaba y me dejaba con la palabra en la boca. Durante un fugaz momento miré la puerta del bar, con la intención de volver a entrar. Fue un sólo momento, pero fue el primero en el que supe negarme a cruzar ese umbral. En cambio, me dirigí a la cabina más próxima y allí llamé al número de la tarjeta.

Ésa es mi historia. En realidad, ése es el principio del fin. Del fin de muchas horas gastadas ahogando penas en vasos llenos de autocompasión y culpas. Ese día di el primer paso hacia lo que soy ahora, fue el primer día que empecé, poco a poco, a dejar de ser un barco de papel en un vaso de whisky. El camino a partir de aquí fue muy largo y doloroso, pero aprendí a hacer muchas cosas: a afrontar la vida de frente, a pedir perdón, a dejarme querer y ayudar…

No dejéis jamás que la vida os pese tanto a los hombros como para venderla al bajo precio del alcohol.

1 comentario:

Fantasma de Palacio dijo...

Está muchísimo mejor que los últimos relatos que te analicé, para mi gusto. Eso sí, todavía hay en algunos fragmentos choques de registros.