Inspiración aquí.
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A veces la magia que tiene la ciudad de Valencia me arrastra y me embarga, me mantiene hipnotizada y juega con mis sentidos, me hace imaginar cosas e historias variadas. Como la ola que se forma en el mar, que coge fuerza conforme avanza y se le rizan los cabellos blancos en su cresta, para luego romper rabiosa en la playa. Así es la magia de esta ciudad.
No en vano, una ciudad así tiene a sus dignos guardianes. Sobre el Puente del Ángel Custodio se alzan dos figuras gemelas que, según muchos, no merecen el título de ángeles. Se trata de dos bestias aladas, cuya cabeza es de animal (por las apariencias, la de un felino) y el cuerpo de un hombre, sobre el que se yerguen dos alas replegadas que siguen la curva de la espalda.Tal vez, más allá de la escabrosa apariencia de esos híbridos alados, lo que incita a la gente a pensar que no son seres celestiales es la postura tensa que mantienen, como si fueran a abalanzarse sobre el primer inocente que se atreviera a cruzarse en su camino. Sus piernas flexionadas, las manos adelantadas y apoyadas delante de su cuerpo. Igual que el atleta olímpico que se dispone a efectuar una salida, o, tal vez, como el animal voraz que acecha a su presa y se dispone a saltar sobre ella.
Frecuentemente se oyen quejas de la gente sobre lo horrendo de esos seres que, más que criaturas venidas del cielo, parecen engendros paridos por las entrañas de la tierra, y a las que para nada se confiaría la protección ni de un puente ni de una ciudad. Pero yo no pienso igual, aunque callo y asiento. No puedo hacer otra cosa, pero sé bien que son ángeles, que nos protegen.
Una de las tantas noches que yo salía de clase cuando había oscurecido, hacia las ocho, me encaminé hacia la parada del autobús. Igual que la mayoría de las veces, el profesor se había explayado todo lo posible en sus explicaciones, y, desgraciadamente, eso significaba perder el autobús y esperar doce o trece minutos al siguiente. Cuando llegué a la parada, maldiciendo a los profesores que hablan sin mirar el reloj, me di cuenta de que algo extraño ocurría.
La avenida Jacinto Benavente, la misma que los ángeles vigilan desde su eterna posición, estaba absolutamente desierta. No me habría extrañado de no ser por que es una vía que siempre tiene tráfico, y más aún a esas horas de la tarde-noche, donde se juntan los que vuelven del trabajo, los progenitores recogiendo a sus hijos de actividades extraescolares, las numerosas líneas de autobuses que confluyen en aquella vértebra comunicativa de la ciudad... Algo raro pasaba.
Al principio lo lógico es pensar que algún accidente ha bloqueado el paso o que hay algún tipo de anomalía en las vías de acceso, pero se descarta la idea cuando observas que ninguna de las calles que habitualmente alimentan a la avenida con su reguero interminable de coches, trae tráfico. Ninguna. Ni siquiera se veían coches a lo lejos, o se oían pitidos impacientes, ni ese rumor urbano, habitual en tantas ciudades.
Tal vez fue ese sexto sentido que los seres humanos conservamos de cuando aún nos hablábamos con los dioses, ese sentido de lo sobrenatural, de lo ajeno a las cuestiones terrestres, el que me avisó de que ocurriría algo fuera de lo habitual. Un presentimiento frío, un témpano de hielo en la mente, me dijo que había algo que rompía los parámetros de la racionalidad. No tardé en descubrir qué.
Al sobrenatural silencio que atenazaba el ambiente, se fue añadiendo un pequeño rumor. Sonaba como algo muy pesado que cambiaba de lugar, como si pudiera oír la corteza terrestre desplazarse y notara en mí misma el entrechocar de las placas tectónicas. Al principio me desorienté, pero debido al silencio no me llevó demasiado tiempo averiguar la procedencia de ese sonido.
Para incredulidad mía, el Ángel Custodio más próximo a mí, una de las fieras que guarda el puente, movía sus brazos y su cabeza ligeramente, como si deseara estirar unos miembros entumecidos durante demasiado tiempo. Al compás de sus brazos y las pequeñas sacudidas de su cabeza, se sumaba ahora el extraño entrechocar de sus alas metálicas, el chirrido armónico de dos miembros que también parecían entumecidos.
Más aún me sorprendí (y asusté) cuando observé que el hermano gemelo de la fiera a la que yo observaba se había liberado casi de su prisión granítica. Poco después de una lucha más rápida y árdua que la que su homólogo llevaba, el Ángel más alejado de mí logró alzarse. Puedo asegurar que si el aspecto de esas bestias agazapadas ya confería cierta sensación de temor, el de una sola de esas bestias alzadas, lograba causar una parálisis terrorífica.
Después de alzarse, el que ya se había liberado, desplegó sus alas de acero produciendo el sonido de dos espadas entrechocando, y con un estruendo alzó el vuelo y comenzó a batir sus alas, acompañando su vuelo con la misteriosa armonía musical que el metal de su figura producía al mover sus miembros. Al poco tiempo, su hermano de metal le acompañaba en su vuelo. Aunque en sus facciones permanecía la expresión fiera que tenían cuando no eran más que figuras ornamentales, lo cierto es que, por alguna extraña razón, también era posible notar el regocijo de aquellos seres sobrenaturales al poder extender sus cuerpos.
Asustada como estaba, lo único que pude pensar es que deseaba despertarme en mi cama, deseaba no estar allí en ese momento, deseaba que aquellos animales volvieran a su prisión, o que, al menos, no se dieran cuenta de que yo los estaba observando. Nadie sabe cómo van a reaccionar dos seres que, en principio, no deberían estar dotados de vida.
Tal vez fueron esos pensamientos los que atrajeron su atención, porque al poco de sucederse como un torrente desbocado en mi cabeza, las dos bestias giraron sus inertes miradas hacia mí, y aunque sus expresiones, como siempre, se mantenían invariables, pude adivinar ahora un sentimiento de comprensión o de deferencia hacia mí. Lejos de tranquilizarme, me asusté más. No podía entender cómo me era posible percibir los sentimientos y pensamientos de aquellas criaturas sin que ellas variaran ni un ápice su expresión.
Lo confieso, en ese momento, pensé en correr. Huir. Rechazar un momento mágico. Afortunadamente, aquellos seres se movieron antes que yo, y de mi cabeza desapareció la posibilidad de escapar, porque concentré toda mi atención en sus movimientos. Se acercaron a mí con batir un poco las alas. El que más tarde se liberó aterrizó a mi lado y repitió la postura que normalmente solía adoptar en su residencia habitual. Me miro con sus inexpresivos ojos de metal, pero yo entendí perfectamente que me invitaba a volar sobre él.
La magia que al principio enunciaba fue la que me arrastró entonces y me impulsó a aceptar casi sin pensarlo. Cuando me hube acomodado precariamente sobre la fría espalda de acero de aquel ser, comenzó de nuevo el batir de alas y ese cántico extraño del metal rechinando. Ese incial batir de alas se convirtió en un aleteo furioso, y antes de que me diera cuenta, ambos seres habían ascendido unos cuantos metros sobre la ciudad y la sobrevolaban.
Una vez logré reunir el valor suficiente, me atreví a asomar la cabeza por encima del hombro de aquel híbrido metálico. La visión de Valencia desde el aire, con sus monumentos y sus grandes rascacielos fue todo un regalo para mi mente y también la imagen que más protegida se halla en los recónditos lugares de mi cerebro, tal vez porque verla desde arriba y en una situación del todo inusual otorgaba una sensación de poder y libertad sin igual, absolutamente fuera del alcance de nuestras sensaciones conocidas.
Después de un recorrido, volvimos al puente. Bajé de la espalda de aquel ángel. Cuando los miré, de nuevo en tierra, supe que jamás en la vida se volvería a repetir esa situación, supe que no volvería a montar en la espalda de un ángel metálico, ni a ver Valencia como la vi aquella noche. Antes de que volvieran del todo a su posición de rigor, la que estaba aceptada, les dije:
- Sois ángeles. Los ángeles de esta ciudad.
Sé que ambos me agradecieron mis palabras, pero sólo el chirrido de sus articulaciones metálicas obtuve como respuesta.
Todos los días los vuelvo a ver y les dedico una mirada amable. A veces creo sentir su saludo, sus palabras cordiales, y entonces, invariablemente escucho:
-Hay que ver que estátuas tan horribles. ¿A quién se le ocurrió llamarlas "ángeles"?
Yo sonrío para mí.
5 comentarios:
Una prosa interesante y degustable. Nos leemos.
Saluditos...
Gracias por tu comentario.
Bienvenido.
Un placer para la mente en este iglú con este frio apocalíptico...un placer que nos leamos.
Saludos
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